En nuestra mirada a aquello que ya suena a clásico con Reload, esta semana recordamos a Moon Safari y su obra ‘Lover’s End Trilogy’

Pink Floyd “David Gilmour El Guardián del Legado”

A finales del pasado mes de noviembre, el que esto firma cumplió uno de esos sueños que solo puede entender y compartir aquellos que conocen la sensación que produce esa secuencia de acordes que hace que se les erice el vello de la nuca.

Aquellos que, escuchando música mientras están atareados en otros quehaceres, son capaces de dejar todo lo que está haciendo y entrar en un estado de ensueño, mientras observan con incredulidad los altavoces de los que surge una melodía que les hace murmurar “Qué maravilla”.

O aquellos que tienen la música tan profundamente enterrada bajo la piel, tan incorporada en cada aspecto de su vida, que ciertas melodías o canciones les lleva a revivir momentos de dulzura y felicidad inefables.

Todos ellos entenderán por qué me subí a un avión en un aeropuerto del sureste español a unas intempestivas horas de la mañana de un domingo, para volver a hacer lo propio menos de veinticuatro horas más tarde en un aeropuerto británico, abordando un vuelo que me devolvería a casa, cansado y con la espada de Damocles del trabajo pendiente sobre la testa… pero terriblemente feliz.

Feliz porque por fin había satisfecho una vasta deuda musical que tenía pendiente conmigo mismo desde hacía quince años: había visto a Moon Safari en directo.

Porque, aunque parezca que fue ayer, las matemáticas no fallan: fue en 2010 cuando me tropecé por primera vez con Moon Safari y su –en aquél momento recién editado– ‘Lover’s End’.

‘Lover’s End’… Los mismos que se hayan identificado con las sensaciones arriba descritas podrán asimismo asimilar sus experiencias con ese raro momento sísmico, ese punto de inflexión en que escuchas por primera vez una música que parece que haya sido escrita para ti, que contiene todos aquellos elementos que te hicieron quedar atrapado en la melomanía hace ya tanto.

‘Lover’s End’ me regaló uno de esos momentos.

Formados por Petter Sandström (voces y coros, guitarra acústica y harmónica), Anthon Johansson (coros, guitarras y percusión), Simon Åkesson (voces, coros y teclados), Johann Westerlund (bajo y coros) y Tobias Lundgren (batería y coros) y originarios de Skellefteå en la sueca provincia de Västerbotten, en 2010 Moon Safari llevaban ya unos cuantos años (concretamente desde 2003) activos.

Tras enviar una maqueta a Tomas Bodin- a la sazón teclista en The Flower Kings, una de las bandas insignia del progresivo sinfónico sueco- este quedó tan impresionado por la calidad del material contenido en aquellas modestas grabaciones que decidió sacar a la luz todo el potencial que percibía en estas produciendo, mezclando, masterizando y ocupando el papel de ingeniero en el que sería el primer álbum de la banda ‘A Doorway To Summer’, publicado en 2005.

Este debut ya sentaba las bases del sonido Moon Safari: la revitalización del progresivo sinfónico clásico de luminarias del género tales como Yes a través una técnica instrumental intachable, un apartado vocal sencillamente magistral donde todos y cada uno de los componentes de la banda son vocalistas más que competentes que, unidos, conjuran unas armonías sublimes… y, lo más importante, una habilidad compositiva de otra galaxia con la que, sabiamente, la banda supedita todos los elementos arriba descritos a la propia canción mediante un instinto sobrenatural para las melodías y estructuras, lo que les permite desarrollar temas extensos en la mejor tradición progresiva dotándolos de una cualidad cinemática: pequeñas películas sonoras que se mantienen siempre interesantes y, sobre todo y aún más importante, emocionantes.

Aunque ‘A Doorway To Summer’ y su sucesor –el genial doble ‘Blomljud’ de 2008, que vio al guitarrista Pontus Åkesson (hermano pequeño de Simon) sustituir a Anthon Johansson– levantaron cierto revuelo en el mundillo progresivo, la banda se mantuvo en un estatus de culto que parece haberles acompañado durante toda su historia hasta la fecha, siempre volando por debajo del radar, en parte ayudados por su moroso ritmo de publicación, con solamente cinco álbumes de estudio publicados en dieciocho años (¡tuvimos que esperar una década para tener una continuación a aquél ‘Himlabacken Vol. I’ de 2013!) y errática actividad de directo, pero manteniendo una base de seguidores fieles que, mediante el boca a boca, han ido lentamente expandiendo la popularidad de una banda que parece publicar únicamente cuando sabe que tiene un puñado de canciones excepcionales entre manos.

2020 moon safari

Pero volvamos a 2010 y a la tarde en que las primeras notas de ‘Lover’s End’ llegaron a mis inadvertidos oídos.

Ya desde las primeras notas de ‘Lover’s End Pt. I’, fluyendo desde un piano y una melancólica harmónica, somos conscientes de que el álbum que se abre ante nosotros va a tener en la melodía uno de sus principales puntos fuertes y de anclaje narrativo. A pesar de su duración, de casi siete minutos, quizá por su pausado ritmo este primer tema se siente como una introducción, la presentación de un escenario y unas coordenadas musicales donde se va a desarrollar una agridulce historia de amor… o un relato donde varias de estas historias se entrelazan a través de elementos comunes, mientras la banda va desgranando sus capacidades vocales, primero con cautela y fragilidad a través de Petter y Simon, para desplegarse totalmente hacia la mitad de un tema que irá apagándose lentamente, deconstruyéndose en su tercio final mientras una guitarra acústica arpegia un motivo recurrente mientras acompaña a una dulce flauta que irá desgranando una bellísima y pacífica melodía, para ir apagándose lentamente mientras unos teclados recogen su testigo hasta que llega el primer acto propiamente dicho.

Y menudo acto. ‘A Kid Called Panic’ entra a toda potencia prog rock con Pontus desgranando un poderoso riff sobre la batería de Tobias y el colchón de teclados de Simon, quién pronto se une a su hermano para, juntos, conducir una juguetona línea melódica que cabalga sobre el bajo de Johann hasta que Petter entra a narrarnos una historia de desamor que, en su patetismo (“Me pegué un tiro en agosto de 2008, ahora llevo esta penosa herida”) contrasta de forma salvaje, casi despiadada, con la luminosidad de unas líneas melódicas que lo inundan todo, hasta estallar en un glorioso estribillo que no hace más que resaltar ese contraste (“Ayuda, necesito escapar, no pertenezco a este lugar. Brindo por mis miedos, penas y lágrimas”); uno de esos momentos en que te encuentras mirando a tu equipo de sonido mientras piensas a qué dimensión paralela tienen acceso Moon Safari para hallar estas melodías que parece que siempre han estado ahí para que alguien las encuentre.

Tras el impacto de este estribillo, la vertiente más prog de la banda se suelta la melena y nos ofrece un delicioso pasaje instrumental que, con especial protagonismo para los teclados de Simon, nos transporta directamente a la época dorada del género. Y cuando esta sección se va apagando, y pensamos que llegamos a puerto, la banda nos vuelve a encoger el corazón con una sección que abre la voz de Simon mientras deja atrás el coro vocal de sus compañeros para interpelar con el corazón destrozado.

“Dime, ¿eres tú al otro lado de la ventana, volviendo a casa una última vez? Juraría que vi tu silueta deslizándose y entrando en la habitación en la que los ángeles bendijeron nuestra piel. Ahora todo es solo polvo […] Maldigo mi propio orgullo mientras miro el teléfono. ¿Es que no va a suceder nada? Bebo hasta que lloro, pero no puedo quedarme dormido […] El verano ha acabado, gastamos todos nuestros sueños, ahora me tambaleo entre recuerdos ciegos. Has cambiado tu dirección, pronto cambiarás tu apellido, oh, como me gustaría poder cambiar en algo”, y regresar al magnífico estribillo, cuya melodía vuelve a contrastar, de forma más acusada si cabe pues nos llega desde tonos más altos, con la desesperanza de la letra mientras el protagonista “[…] se aleja en la noche. Junto al puerto, aislados románticos se quedan atrás contando historias de como todo era mejor antes… antes de que ninguno de nosotros se enamorase”.

Y así acaba ‘A Kid Called Panic’, una canción grandiosa, que condensa y resume en poco menos de catorce minutos el dominio y la esencia progresiva, sinfónica y melódica de Moon Safari de una forma tan acertada que el público y la banda la consideran su himno oficial, y rara vez falta en sus directos.

La breve ‘Southern Belle’ nos concede un pequeño descanso en la intensidad musical, que no emocional, mientras comienza como una pequeña maravilla coral, gemela de ‘Constant Bloom’ (‘Blomjuld’) para dejar paso a Simon quien, con solo su piano y voz, nos deja uno de los momentos más escalofriantemente hermosos y frágiles del álbum y, posiblemente, de la discografía de la banda. El resto de los chicos se le unirán de nuevo hacia el final para desembocar en ‘The World’s Best Dreamers’ que parece, ahora sí, darnos un respiro de la intensidad sentimental de los temas previos. Simon nos regala una alegre y luminosa intro al piano mientras emplea su voz para multiplicar ese efecto y da alas a nuestros agobiados y atribulados corazones de adultos para hablarnos de la importancia de no perder nunca a nuestro niño interno y seguir soñando a pesar de todo. Esta luminosidad queda reflejada en lo musical a lo largo del tema, pero sobre todo en otro estribillo marca Moon Safari, donde toda la banda se une en un trabajo de auténtica orfebrería vocal que inspira una alegría y vitalidad sin par.

‘New York City Summer Girl’” continúa esta alegre senda, y seguimos alejados de las decepciones, el dolor y la trascendencia para abrazar el lado más ligero del amor, la emoción de la expectativa mientras glosamos a la chica que nos revoluciona el corazón. Petter y Simon cantan con una alegría y jovialidad sin par, logrando transmitir un espíritu travieso que queda como un guante en un tema de espíritu muy desenfadado, subrayado por el sonido de los teclados. Cerca del final, los chicos nos sorprenden con otro magnifico momento coral que se extingue para dar lugar a un piano que desgrana las notas del ‘New York, New York’ de John Kander que Frank Sinatra hizo inmortal.

‘Heartland’ nos habla de un amor que no puede ser, pero enfocado desde el carpe diem y la aceptación. Ese sabor agridulce permea en la música de forma que tenemos un estribillo lleno de luz. La segunda mitad es puro deleite instrumental prog, con Tobias y Johann pavimentando el camino con un tenso riff rítmico que tomarán Simon y Pontus para compartir una misma línea melódica de la que finalmente se desligará Simon hasta desembocar en una última iteración del estribillo que nos invita a no olvidar (“Cariño, ¿no lo ves? Seguimos siendo soldados del corazón de la tierra. Incluso ahora te sigo viendo como lo hacía cuando podía soñar con un lugar en que se nos conocería como rey y reina”).

Si bien estos dos últimos temas pueden llegar palidecer en su aparente ligereza, rodeados de tantas magníficas canciones de alta intensidad emocional, cumplen un papel estructural esencial, pues su luminosidad está perfectamente emplazada en el álbum, dándonos un poco de respiro entre la densidad emocional anterior… y el golpe final que se nos aproxima.

Porque llegamos así a la otra joya indiscutible del álbum: ‘Crossed The Rubicon’. Un tema que, cuando caí en las redes del disco palidecía frente a la majestuosidad de ‘A Kid Called Panic’ pero que, con el paso del tiempo y las escuchas, no ha hecho sino ganar puestos y colocarse a la altura de los grandes temas de la banda. No es para menos pues, como su propio nombre indica, nos hace entrega de un relato musical acerca de un cruce sin retorno, un metafórico cruce del Rubicón sentimental en el que decidimos dar ese paso definitivo mediante el cual dejamos atrás a esa persona alrededor de la cual ha girado todo nuestro mundo y lo que somos durante tanto tiempo.

‘Crossing The Rubicon’ es otra pieza de rica orfebrería musical, donde los coros son ubicuos, Pontus está excelso en un par de solos y la maestría compositiva de la banda alcanza varios momentos exquisitos, como la preciosa interacción entre guitarra acústica, teclados y bajo inicial que desemboca en la primera estrofa, donde los chicos nos regalan unos de sus momentos corales para enmarcar que llega hasta el primer pequeño y delicioso solo de Pontus.

Los coros vuelven hasta un momento en que Petter rompe el coro con un sentido “Mary mi amor, es tarde…”, cuyas notas repetirá Simon al cantar “No habrá final feliz para los locos románticos como yo. Todo lo que hacemos es correr, mientras el amor se desangra en las calles. Tenemos todas nuestras malditas vidas para desgastar nuestros problemas, y entonces decimos –Te amo– cuando las palabras no significan nada” y su línea vocal acaba en notas altísimas para engarzar con el último solo de Pontus, que se alterna con momentos en que el coro vuelve para recordarnos que “He cruzado el Rubicón, sigo con mi vida”.

‘Lover’s End Pt. II’ cierra esta obra maestra con la sencillez de una guitarra acústica arpegiada acompañando a Petter a la voz solista y los coros el resto de la banda en una miniatura estructurada como una pequeña nana, que prácticamente nos ofrece un lugar donde apoyar nuestra cabeza y descansar del viaje musical que termina.

Y con esto se acabaría ‘Lover’s End’… pero no la trilogía del mismo nombre.

Porque, por si todo lo anterior no fuese suficiente, un par de años más tarde los chicos nos sorprendían con ‘Lover’s End Pt.3- Skellefteå Serenade’.

Nada más y nada menos que un único tema de veinticuatro minutos que, más que ampliar, revisita los temas tratados en ‘Lover’s End’ empleando la ciudad madre de la banda como telón de fondo. Esta ‘Serenata de Skellefteå’ eleva el carácter progresivo de la música de la banda a la estratosfera, no solo por su épica duración, sino también por su estructura y variedad, de forma que junto a ‘We Spin The World’ (de ‘A Doorway To Summer’), ‘Other Half Of The Sky’ (de ‘Blomljud’) y ‘Teen Angel Meets The Apocalypse’ (de ‘Himlabacken Vol. 2’) forma una tetralogía de temas eminentemente progresivos, pero de una riqueza melódica y ambiental extraordinaria incluso para lo esperado en la rama europea del género.

Comenzando como un cuento musical, en el que prácticamente podemos imaginar el sol saliendo sobre la población sueca mientras sus habitantes despiertan, la banda emplea los primeros cuatro minutos para presentarnos a los personajes de esta historia, con la ciudad de Skellefteå como uno de ellos, mientras cabalga un patrón recursivo de bajo, batería y teclado hasta romper en un pacífico solo de Pontus que acabará conversando con el teclado de Simon, hasta que este tome el timón y nos lleve hasta una portentosa sección de coros, que se cierra cuando Petter le cede el testigo vocal a Simon.

Esta secuencia se repetirá por dos veces antes de entrar en la brillante sección instrumental más puramente prog del tema, donde Pontus y Simon brillan con luz propia sobre la juguetona base rítmica de Tobias y Johann, resolviendo con Pontus tomando de nuevo el control con una sencilla, pero terriblemente melódica línea de guitarra que sirve para bajar revoluciones y llegar a un meandro de paz en nuestro viaje corriente abajo.

Donde Simon nos arrulla (“He escuchado que te marchas de la ciudad, que vuelves al norte […] Quiero llamarte pero soy demasiado orgulloso. Intento encontrar tu rostro, pero estás perdida en la multitud”), mientras se alterna con el coro que nos confiesa (“Sabes que te amo, sabes que es verdad”) hasta que, unidos, nos recuerdan que “La vida no es más que una sala de espera, y supongo que sigo ahí esperándote, creía que solo estaba de paso”.

Y llegar a un clímax donde Simon nos dice que “Brindo por todos los amigos que no se pudieron quedar, y por todos los que encontraron su camino. Durante años he dicho adiós a este viejo pueblo”…, y será entonces cuando Pontus entre a matar, deslizándose desde la nota alta desde la que su hermano nos despide, para dejarnos el corazón exhausto no una, sino dos veces, con un par de solos para la posteridad, rebosantes de melodía y sentimiento, mostrando un control apabullante en los bendings y, de nuevo, un fraseo de una elegancia pocas veces vista. Un prodigio musical, sin duda.

En suma, cuando pensábamos que ‘Lover’s End’ era inmejorable, los chicos de Moon Safari nos regalaron un tema monumental que convirtió un gran álbum en un hito en la carrera de la banda… y, por qué no, en la historia del rock progresivo europeo entregado por una banda injustamente desconocida que ha escrito algunos de los momentos más bellos del rock contemporáneo.

“La vida no es más que una sala de espera
Y supongo que sigo ahí esperándote
Creía que solo estaba de paso”

Astronomy Domine


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