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Los conciertos en la Factoría avilesina tienen algo de litúrgico a veces y este último, con la venida de James Leg, hijo de un pastor texano, desde luego no iba a ser menos. Su predicamento resultó, a solas con el teclado, multitud de pedales y el único acompañamiento de una batería, toda una misa de sudor y sangre.

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