Travo arrasa La Factoría de Avilés Rock City con su psicodelia explosiva y garage rock.
Venían presentando su ‘Astromorph God’ de 2023 y no se dejaron ni una gota en el tintero. Y esta es la crónica de un directo salvaje que demuestra por qué son una banda que no debes perderte.
Rotundos, furibundos desde un primer momento, el garage rock más descosido abrazó la psicodelia (o viceversa) y Gonçalo Ferreira comandó en voces con pulso tan alucinado como preciso. El arranque es del todo nervioso. Casi febril. Tras ese ritmo tan vibrante estaba un contundente Nuno Gonçalves. Sería precisamente el batería de Travo quien se dirigiera a nosotros en un más que aceptable español. A la que las revoluciones bajaban, hubo momentos de un rock más pesado, algo bailable incluso, y donde algunas estrofas me recordaban a los tan eternos como infravalorados Sex Museum.


Y aunque venían con el colmillo bien hincado aún en su último álbum, esta es una banda que ya mira al futuro. Presentaron un corte de nueva hornada y no sorprendió cómo este se atenía a sus grandes líneas maestras: ritmos vivos, guitarras y voces trufadas de efectos. Wah, un mar de distorsiones y un deje más space rock que, a ratos, amplificaba la amalgama sonora de los portugueses. Ahí volvió a tomar posiciones Nuno tras los parches para, sin solución de continuidad, dejarnos una psicodelia descosida, flamígera, disfrutable por libérrima.
La Factoría se sumiría entonces en el más puro éxtasis. Los dos Gonçalo, Ferreira y Carneiro, jugaron a doblar sus guitarras y así Travo provocarían el trance entre nosotros, pobres pero gozosos, entregados sin remedio a su particular causa. Reconocieron haber ‘cenado cachopo’. Es que así cualquiera. Pero anécdotas culinarias al margen, cierto es que disfruté de la segunda mitad del set. Con acento en los momentos que acertaban a sonar más espaciales. Más grandilocuentes incluso. Siempre sin perder una pizca de mordiente. Emergió ahí David Ferreira al bajo, cuyas cuerdas crujían mientras dibujaba líneas complejas y rotundas.
Era incontable el número de pedales, teclados y demás parafernalia que poblaba las tablas. De todo ello hicieron uso para propulsar su sonido hacia un rock ardiente, alucinado, trazado sobre riffs que incitaron a mover las caderas y olvidarse, aunque fuese por un rato, de la dichosa rutina diaria.
Se fueron a camerinos al tiempo que AC/DC arrancaba a sonar en La Factoría. Y cuando poco menos que estábamos recogiendo para irnos, se apagó la música y volvieron con una bola extra. Una arremetida final que continuó allí donde los chicos lo habían dejado, propiciando un cierre de nuevo vibrante, alterno entre un nervio casi cercano al punk y esos riffs filtrados, directos, envueltos en una psicodelia tan embriagadora como hedonista. Que dejó un reguero de caras sonrientes y corazones satisfechos. Qué más podíamos pedir.
Era su primera vez en la región. Por nuestro bien, que no sea la última.
David Pérez Naves
Fotografía: Sergio Blanco
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