Los conciertos en la Factoría avilesina tienen algo de litúrgico a veces y este último, con la venida de James Leg, hijo de un pastor texano, desde luego no iba a ser menos. Su predicamento resultó, a solas con el teclado, multitud de pedales y el único acompañamiento de una batería, toda una misa de sudor y sangre.
El reverendo posa su sombrero sobre el ampli, enchufa los múltiples pedales de distorsión que rodean su Fender Rhodes y se dispone a ofrecer la cara más aguardentosa del dirty south. Una descarga de adrenalina desbocada —que ya tiene mérito siendo solo dos músicos sobre las tablas— y en la que se mostró como uno de los tipos más expresivos que hayamos visto pasar por La Factoría. Que ya es decir.
Él fue todo sudor desde el mismo arranque. Encadenando un corte tras otro, distorsión desatada y ritmos vivos para formar un huracán sonoro que terminó por envolvernos primero y arrastrarnos después. Cierto que algunos cortes pierden detalles y arreglos en su traslación al directo; no menos verdad es lo que la descarga tiene de visceral y, sobre todo, de auténtica. Las partes más arrastradas, esas en las que Leg ennegrece su ya de por sí desgastada garganta, son un directo al estómago, mientras que en las más flamígeras el cuerpo va y viene al son que ellos marcan.

Con las manos estuvo no poco hábil. Trazó riffs contundentes y solos redondos sin dejar de moverse ni tampoco de buscar la complicidad de la gente, si bien se las vio y deseó con un desmañado pie de micro. No siempre las cosas van a salir como uno espera.
Pataleando al viento incluso, él se disculpó por su escaso dominio del español. Lo justo para darnos las gracias y seguir con un blues donde, maltratada voz de Leg mediante, todo adquirió un tono casi ritual. Incansable el americano; disfruté como gato panza arriba en los trances más vigorosos. Ahí donde la batería echaba a volar —qué energía la de este chico— y el reverendo procuraba un mayor acercamiento al rock and roll más casual. Si es que puede existir cosa tal sin una guitarra de por medio.

Lo cierto es que, en sus partes más sucias, uno pensaba en aquella crudeza tan elemental y primaria de unos Blue Cheer. Aunque es cierto que, en los ritmos más vivos, ahí donde entraba un rock en cierto modo más bailable, enseguida asocié con Sex Museum. Con matices, todo sea dicho. Leg, que no paró de alternar entre los muchos pedales que le acompañaban, abusó del Cry Baby para revestirse de una cierta y acusada épica. Siempre dentro de su contexto tan particular. Ni que decir tiene que la peculiar doctrina del reverendo casó con el público de La Factoría, gozoso receptor de tan inusual palabra.
El sur es sucio, el sur es duro. Pero ellos procuran unos bises donde, lejos de dejarse llevar, se envuelven en su cara más frenética y furibunda. Un cierre que deja tres cortes demenciales, de su blues rock más flamígero, donde un Leg ya casi descamisado muestra una voz más rota que nunca. Término de una homilía descarnada, vibrante y apasionada como pocas. Salve.
David Pérez Naves
Fotografía: Sergio Blanco
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