Clapton emociona a Barcelona con un despliegue magistral de técnica y sentimiento. Un recorrido legendario desde Cream hasta la calidez acústica que confirma por qué sigue siendo el rey del blues rock

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Eric Clapton regresaba a Barcelona para una memorable velada colmada de clásicos del blues, temas míticos de su repertorio en solitario o junto a Cream y Derek And The Dominos, algunas piezas menos conocidas y, de manera preeminente, un rosario de solos impresionantes.

A sus 81 años, Clapton demostró encontrarse en muy buenas facultades, y dejó claro por qué sigue siendo una leyenda viviente del blues rock. Cuando él y su banda tomaron posiciones con sobre-puntualidad británica (el concierto se inició un par de minutos antes de las 21h), la expectación se convirtió en un aplauso atronador por parte del fiel público que abarrotó el Palau.

Clapton entró con sosiego, dispuesto a sentar cátedra con su imagen apuesta y elegante. Se posicionó sobre una alfombra persa, se colgó su Fender Stratocaster y comenzó con ‘Badge’, tema de Cream que compuso en 1969 junto a George Harrison.

Fue un comienzo exquisito. Su voz sonaba asombrosamente nítida y expresiva. El famoso tema se fue desarrollando paulatinamente, con el guitarrista zurdo Doyle Bramhall II aportando matices, mientras Clapton se afianzaba en su primera intervención destacada con su guitarra.

A partir de ahí, el espectáculo se inclinó firmemente hacia el blues. Canciones como el blues de carretera ‘Key To The Highway’ y el clásico de Willie Dixon ‘I’m Your Hoochie Coochie Man’, popularizado por Muddy Waters, pusieron de manifiesto que la arraigada conexión de Clapton con el género forma parte de su esencia vital. El virtuosismo de Chris Stainton al piano, las filigranas de Tim Carmon con el Hammond y las hirientes líneas de guitarra de Bramhall crearon un abrumador telón de fondo musical al servicio de la interpretación solista de Clapton

‘I Shot The Sheriff’ desató la primera gran oleada de entusiasmo. Sharon White y Katie Kissoon apoyaban con sus incisivos coros la célebre reinterpretación del tema de Bob Marley. El ritmo era vigoroso, la banda sonaba como una unidad inquebrantable, y el impresionante solo final de Clapton se extendió hasta convertirse en uno de los momentos más intensos de la noche.

Bajo las luces del escenario, Eric Clapton permanecía prácticamente inmóvil: la mirada fija, absorto en el momento. Sin distracciones, solo esa concentración inconfundible antes de que sonase la siguiente nota, cuidadosamente elegida; centrado más en la emoción que en la velocidad, y priorizando el tono y el fraseo.

A continuación llegó el segmento acústico, una fase que se sintió como el corazón emocional del concierto: el ritmo bajó, las luces se tornaron más cálidas y, de repente, uno parecía hallarse en un lúgubre club cargado de humo. Clapton lo inició a solas en el escenario con una guitarra Martin, ofreciendo una conmovedora versión de ‘Kind Hearted Woman Blues’ de Robert Johnson.

La banda regresó para arroparle en las posteriores interpretaciones de este formato unplugged: el blues de Jimmy Cox ‘Nobody Knows You When You’re Down And Out’; la bonita ‘Golden Ring’, perteneciente al álbum ‘Backless’ (1978); una maravillosa ‘Layla’ en clave jazz blues, donde destacó el apoyo del bajista Nathan East al contrabajo, y que en buena lógica recibió una de las mayores ovaciones de la velada; y la dolorosa ‘Tears In Heaven’. La enorme carga emocional de esta última canción se hizo patente en una interpretación profundamente sentida por parte de Clapton.

El siguiente tramo, nuevamente eléctrico y pletórico de energía, impulsó el espectáculo hacia otro nivel. ‘Holy Mother’, un tema rescatado de su álbum ‘August’ (1986), mantenía la atmósfera de calma pero revitalizó el recinto, preparando adecuadamente el terreno para lo que estaba por llegar. Cuando después sonaron ‘Cross Road Blues’ y ‘Little Queen Of Spades’ —las dos últimas rendiciones a su bluesman de cabecera, Robert Johnson—, el Palau ya se había entregado por completo.

La banda sonaba totalmente compenetrada y potente, en buena medida gracias al apabullante sonido que nos regalaba el recinto. Los músicos fueron parte esencial de una química casi telepática; un grupo que se entendía al instante y sabía cómo dejar espacio para el toque personal de Clapton. Los deslumbrantes solos de Chris Stainton al piano, Tim Carmon al Hammond y Doyle Bramhall II a la guitarra llevaron este último tema a cotas estratosféricas de imposible alcance, rematándolo el batería Sonny Emory con su demoledora pegada.

Como era de esperar, el tema de J.J. Cale ‘Cocaine’, que Clapton convirtió en clásico imperecedero, cerró el grueso del concierto, ofreciendo una última explosión de guitarra solista, enérgica y con ritmo acelerado, que Sonny Emory llevó a un apoteósico final con poderío y espectáculo, entre aplausos ensordecedores.

El único bis, ‘Before You Accuse Me’, fue un broche de oro impecable: una última dosis de blues auténtico antes de que se encendieran las luces. A estas alturas, Eric Clapton ya no tiene nada que demostrar. Sin embargo, noches como ésta confirman por qué ha vuelto a girar: no por obligación ni por interés crematístico alguno, sino porque la música está en sus entrañas; porque el blues fluye por sus venas bombeando su corazón.

En entrevistas recientes, Clapton ha explicado repetidamente que aún tiene ganas de tocar, todavía le encanta el género y sigue afirmando que es en los conciertos donde esas canciones cobran vida. Cuando la música, la magia y la emoción se combinan como esa noche lo hicieron en Barcelona, la experiencia vivida se siente como una maravillosa bendición, de esas que nunca se olvidan.
Tomás Bonilla Núñez

Por si vas a decirlo: La fotografía que acompaña a esta reseña no corresponde esta gira. Eric Clapton no está acreditando a fotógrafos de prensa en esta gira.

 

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