La energía del rock se nutre y fluye mucho mejor en espacios vivos y orgullosos, donde Indenakin presenta ‘Entre Todas las Cosas’
El sábado 10 de enero un reducto de orgullosos marginados, resistentes de una sociedad enferma, se reunió en la localidad madrileña de Mejorada del Campo para celebrar su particular culto al dios con más decibelios jamás inventado por la Humanidad: el rock.
El escenario no podría ser más peculiar: los terrenos de la Asociación Cultural Western Vagon El Establo. Y verdaderamente uno siente adentrarse en territorio comanche, no habría mejor escenario: las crestas de los parroquianos más punkis homenajeaban a las tribus nativas americanas arrasadas por el hombre blanco, especialmente los mohicanos.
Aunque había cabida para todo el mundo: jóvenes y veteranos, pero todos unidos por el rock clandestino y la camaradería. Entre centenares de cachivaches y trastos viejos de épocas muy lejanas, un auténtico vagón se alza majestuoso entre los árboles, en cuyo interior uno puede encontrar un buen número de ejemplares de esta sin par biblia del ruido que es This Is Rock, junto a discos, mesas de mezclas y demás chismes analógicos.
Al otro lado, un garito bautizado como El Establo guarda un minúsculo escenario que la banda Indenakin llenó de energía, sudor y virtuosismo, haciendo levantar a todo el local con sólo tres músicos.
Este power trío sabe manejar al público con un espectáculo basado única y exclusivamente en temas propios (acaban de editar su tercer disco, ‘Entre Todas las Cosas’), sin tener que echar mano del recurso fácil de versionar a nadie. Ellos solos se sobran y se bastan.
Jorge (guitarra y voz, y percusiones cuando le da por ahí), Pelayo (bajo, quien injustamente pasa más desapercibido, pero cuyo trabajo sostiene el peso rítmico de esta locomotora desbocada) y El Canario (la experiencia de un maestro, quien fuera el primer batería de Despistaos) son un todo, compenetrados como pocos, un reloj que explota con las influencias de Mark Knopfler, Fito, Santana, Police…
Pero, sobre todo, con un sonido propio, una personalidad arrolladora que se lleva por delante a todo escéptico, convertido en fan en el acto. Ya sea con sus punteos imposibles (se nota, y mucho, que es alumno de Jorge Salán), subiéndose a las mesas o colándose detrás de la barra para tomarse un chupito (ritual imprescindible en todos sus espectáculos), Jorge Domingo simplemente disfruta disparando rock con sus amigos. Y eso se nota. Todo es natural. Nosotros sólo podemos gritar: “Tengo ganas de romper la noche en dos / las puertas del infierno / sabes que yo las puedo abrir”.
Héctor Campos Castillo
Fotografía y vídeos:Héctor Campos Castillo


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