En el número de abril de This Is Rock encontrarás el reportaje completo sobre ‘Face Dances’. Pero antes de que existiera el disco, existió el hombre que lo escribió desde el abismo

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Hay un momento en la vida de ciertos artistas en que la máscara y el rostro se confunden tanto que ya no sabes cuál es cuál. Pete Townshend llegó a 1980 en ese punto exacto. Guitarrista, compositor, voz de una generación, portavoz involuntario del rock británico durante quince años, y al mismo tiempo un hombre que se miraba al espejo y no reconocía del todo lo que veía.

“Me he sentido viejo toda mi vida”, admitió en una entrevista de 1983. No como queja, sino como constatación. Townshend nunca fue el tipo de rockstar que finge invulnerabilidad. Al contrario: su honestidad casi clínica sobre sus propias contradicciones fue siempre lo que le distinguió de sus contemporáneos, y también lo que a veces le pesó como una losa.

En 1980 publicó ‘Empty Glass’, su álbum en solitario más personal. El título lo decía todo. “La chispa de la canción fue cuando releí el Eclesiastés”, explicó, “y fue tan poderoso que me recordó a cómo estaba Gran Bretaña en ese momento. Todo el mundo camina quejándose, pero cuando hablan de futilidad, hablan de futilidad después de una consumación”. Era Townshend en estado puro: un hombre capaz de conectar un libro bíblico con el estado de ánimo de una nación, y de convertirlo en una canción de rock.

Pero detrás de esa lucidez había una turbulencia real. Bebía. Mucho. “Bebía para no tener que enfrentarme a ciertas cosas que no podía hacer y que simplemente no quería hacer”, reconoció más tarde con la franqueza del que ya ha salido al otro lado. Por aquellos años se había separado de su mujer, había abandonado la casa familiar junto a Eel Pie Island y vivía en un piso encima de una zapatería en Kings Road. “No tenía la constitución de Keith Moon”, diría, “ni sus ganas de vivir”.

La muerte de Moon en 1978 le había dejado una herida más profunda de lo que quiso reconocer en público durante mucho tiempo. Pero también, paradójicamente, le había devuelto algo. “Describí la incorporación de Kenney Jones como una transfusión de sangre”, explicó. “Es tan diferente a Keith. No parece un tipo poderoso, pero es fuerte y está en forma.” La banda podía seguir. La pregunta era si Townshend quería seguir con ella.

Esa pregunta le rondó durante todo el periodo de grabación de ‘Face Dances’. “Me dije a mí mismo que la única forma de salir era dejar la banda”, confesó. “Pensé: haré mis demos, publicaré un álbum mío y lo dejaré ahí”. Pero entonces habló con Roger Daltrey, y algo cambió. “Fue increíble porque él sentía lo mismo que yo. No esperaba que fuera tan comprensivo. No solo conmigo como ser humano, sino también en lo suyo propio”.

Ese reencuentro entre los dos pilares de The Who es quizás el hilo más interesante de este periodo. Townshend y Daltrey habían pasado años en una relación de fricción productiva pero agotadora. Ahora, algo había cambiado en la dinámica. “Decidimos no tanto dejar de pelear como dejar de ponernos deliberadamente el uno en el camino del otro, darnos mucho más espacio”, recordó Townshend. “Y en cuanto empezamos a darnos ese espacio, nos dimos cuenta de que no era lo que queríamos”.

Lo que sí quería Townshend en esos años era escuchar. Escuchar a The Clash, a The Jam, a The Specials. Salir a ver conciertos, dejarse afectar por lo que estaban haciendo los más jóvenes. “Pasé dos años anticipando lo que iba a ser el punk, preguntándome cómo iba a ocurrir, frustrado cuando no llegaba”, explicó. Y cuando llegó, lo abrazó sin complejos, mientras muchos de sus contemporáneos miraban hacia otro lado. “Para mí fue como volver a sentirme en perspectiva. Es estupendo.”

Esa apertura genuina hacia lo nuevo es lo que hace de Townshend una figura singular en el rock de su generación. No era pose. Era un hombre que ponía los discos de The Clash en el coche a todo volumen porque en casa sus hijos se asustaban, que fue a ver a The Clash en Brighton y acabó subiendo al escenario sin saber bien los acordes. “Puse la guitarra a uno y me limité a fingir”, confesó entre risas. “Fue increíble.”

Todo ese bagaje, esa mezcla de agotamiento y curiosidad renovada, de culpa y redescubrimiento, está destilado en las canciones de ‘Empty Glass’ y, de forma más contenida, en ‘Face Dances’. Townshend nunca escribió desde la distancia. Escribía desde dentro, desde el centro mismo de sus contradicciones, con la convicción de que el rock, cuando funciona de verdad, “te enfrenta a los problemas de la vida y al mismo tiempo te da la maquinaria para bailar sobre ellos.”

En 1980, Pete Townshend estaba bailando. Pero el suelo temblaba bajo sus pies.

Si quieres conocer en profundidad la historia de ‘Face Dances’ de The Who, te espera en This Is Rock. Porque algunas historias necesitan papel para contarse bien.


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