En 1976 un quinteto de adolescentes de Los Ángeles decidió asaltar el rock ‘n’ roll en el Reino Unido.
Con la publicación de su primer álbum homónimo, Joan Jett, Cherie Currie, Lita Ford, Jackie Fox (presente en las páginas de la revista This Is Rock) y Sandy West dinamitaron el prejuicio de que una banda íntegramente femenina era una mera curiosidad de marketing.
Lideradas por el himno generacional ‘Cherry Bomb’, estas jóvenes de apenas dieciséis años capturaron la esencia del desencanto juvenil con una autenticidad reivindicada décadas después. La banda fusionó la estética de las chicas malas con la potencia sonora de The Stooges.

Sobre ‘The Runaways’ escribía Robot A. Hull en la revista Creem: “El espíritu de la juventud de Estados Unidos no está decayendo. El punk nouveau arde como las llamas, avanzando rápido, tanteando el terreno, y muy, muy pronto (quizá mañana) el punk rock va a poner a sacudir las caderas en cada esquina, eliminando el aburrimiento incrustado en los ojos de cada adolescente (adormecidos por Elton John y otros debiluchos similares). Lo que significa el fin del pop pulcro y mucha cantidad de rock ‘n’ roll sucio y macarra. Patti Smith y The Ramones lo están perpetrando. ¡Y maldita sea, The Runaways lo han captado! Autodenominándose “Queens of Noise” en su himno ‘American Nights’ (un grito de guerra tan adolescente como jamás escucharás). Ésta es una banda, no solo una banda de chicas, que abraza la energía frenética de ser adolescente de la misma forma que The Dictators”.
La revista ZigZag, un frente importante en la revolución sónica de la época, de la mano de Kris Needs decía del disco: “Este álbum, que lleva ya un tiempo fuera en Estados Unidos, es una pasada. La nota de Joan Jett en la contraportada te dice exactamente de qué va esto: ‘Este álbum es para los jóvenes de edad y los jóvenes de corazón… cuando escuches estas canciones recordarás toda la diversión que supone ser y mantenerse joven’. Sí, The Runaways tratan sobre el amor adolescente, el sexo adolescente, el buscavidas adolescente y, sobre todo, las fiestas adolescentes donde todos los juerguistas terminan demasiado destrozados como para ir a clase al día siguiente. Cada pista es un himno juvenil sobre un riff rápido y canalla, excitante como el infierno pero teñido de una suerte de inocencia mundana. La música es heavy metal básico, mezclado con Suzi Quatro y una pizca de The Stooges. Antes de escuchar el álbum, tenía mis dudas sobre la perspectiva de una sección rítmica de rock compuesta por colegialas de 16 años rockeando con ganas. ¡Pero un estallido de ‘Cherry Bomb’ demostró que estas chicas tienen músculos que no se aprecian en la portada! El gran momento del álbum, el que derribará lo que queda de tu resistencia, se reserva para el final: los siete minutos de ‘Dead End Justice’”.
La entrevista en la revista This Is Rock con Jackie Fox donde repasa la historia de la banda está acompañada de unas increíbles fotografías de David Johnson, realizadas en el Brumrock ’76 festival. David en aquella época, junto a unos amigos, hacían el fanzine Nuggets, que entre 1975 y 1978 batalló en el underground.
La gira británica de The Runaways en 1976 no fue solo una serie de conciertos; fue un choque cultural capturado con precisión por las crónicas de la época. Tras el impacto de su debut, el quinteto cruzó el Atlántico para demostrar que su propuesta era tan física y ruidosa como la de cualquier banda masculina de la incipiente escena punk.
El punto álgido de la visita fue su actuación en el Roundhouse de Londres en octubre de 1976. Caroline Coon acudió y publicó su reseña en el Melody Maker. “The Runaways enloquecieron a su audiencia. El auditorio, a reventar, era una masa de adeptos vitoreando, saltando y tratando de alcanzar a la banda, observando con asombro desinhibido, por no decir éxtasis, cómo los objetos de su deseo se empleaban a fondo durante una hora y media de un rock ‘n’ roll más que creíble. El repertorio incluyó ‘Cherry Bomb’, ‘Secrets’, ‘Thunder,’ ‘Wild Thing’, ‘American Nights’ y ‘Dead End Justice’, todas interpretadas con el triple (al menos) de empuje y energía que las versiones grabadas. The Runaways son una fantasía de la vida real. Pero estas mujeres van a necesitar algo más que un toque de heroísmo para salir adelante. No hay mito chovinista ni nueva regla feminista con la que no tengan que batallar. Están luchando contra los prejuicios en todos los frentes. En esencia y talento tienen todo lo necesario para abrir nuevos caminos, pero, criadas e influenciadas por el material pop inglés de bandas como Slade, Mud, Sweet y Suzi Quatro (por muy bueno que fuera esto hace tres años), el empuje de su sonido es tan anticuado y redundante como único”.

Durante esta gira por Gran Bretaña y Europa, son foco de atención de la prensa, en entre ellos Giovanni Dadomo que se reúne con la banda en el hotel The Montcalm. Allí se encuentra primero con Joan Jett y Jackie Fox. La batería Sandy West visitando las tiendas de instrumentos musicales en busca de una batería de repuesto, y Lita Ford y Cherie Currie en su habituación descansando la reseca.
Jackie según Giovanni es torbellino de efervescencia, escribe el autor “todas ellas chicas Disney, un poco atrevidas tal vez, pero muy sanas e integrales”. “No consumo ningún tipo de drogas, en absoluto. He visto a demasiada gente en esta industria que tenía treinta años y parecía de cuarenta por culpa de la coca y los quaaludes, y eso es simplemente enfermizo”.
“Para mí esto es un negocio; quiero decir, incluso cuando lo disfruto, siempre es en términos de negocio. Sé que no estaré actuando cuando tenga treinta y cinco años, probablemente buscaré un trabajo de oficina, gestionando bandas, algo así”.
Joan regresa a la escena y ella es la otra cara: “Siempre he sabido que era lo que quería hacer, desde que tenía diez años. El rock ‘n’ roll me salvó la vida; si no fuera por eso, probablemente ya estaría muerta o en la cárcel”. Joan le pregunta si es cierto que Glasgow es una ciudad dura, de tipo motero. “No me importa, tengo una chaqueta de cuero, no tengo miedo. Soy el Keith Richard del grupo”.
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