This Is Rock presenta reportaje de ‘Face Dances’, cuando The Who entregaron uno de sus discos más sólidos en el peor momento posible

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En 1981, The Who publicaron ‘Face Dances’, su primer álbum de estudio tras la muerte de Keith Moon. Era, en muchos sentidos, un disco maldito de antemano: demasiadas sombras alrededor, demasiadas expectativas rotas, demasiados frentes abiertos. Y sin embargo, el disco existe, respira y dice cosas sobre una banda que seguía negándose a rendirse, aunque no supiera muy bien hacia dónde ir.

The Who Face Dances This Is Rock Revista Magazine

Para entender ‘Face Dances’ hay que retroceder un poco. Pete Townshend llegó a 1980 en un estado de agotamiento creativo y emocional que él mismo no ocultó. “Perdí la fe y la esperanza”, admitiría en distintas entrevistas de la época. La banda llevaba años atrapada en lo que él llamó “una camisa de fuerza de nuestra propia fabricación”: el mismo repertorio de siempre, las mismas canciones, la misma celebración ritual de su propio pasado. “No era un acto, no era un grupo, no era nada”, declaró. “Era una maldita celebración de nuestra historia”.

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La muerte de Keith Moon lo cambió todo, aunque no de la forma en que cabría esperar. Lejos de hundir a la banda definitivamente, abrió una puerta inesperada. Townshend reconoció que la incorporación de Kenney Jones fue “una transfusión de sangre”: alguien diferente, sólido, sin la electricidad imprevisible de Moon pero también sin su autodestrucción progresiva. “Keith estaba nerviosísimo antes de cada concierto”, recordó Townshend. “Subía al escenario enfermo de miedo”.

Lo que vino después fue un disco grabado bajo una presión extraña: la de seguir siendo The Who sin ser exactamente los mismos. ‘Face Dances’ fue producido por Bill Szymczyk, conocido por su trabajo con Eagles, y la elección no fue casual. La banda necesitaba a alguien ajeno a su propia mitología, alguien que no se quedara paralizado ante el peso del nombre. ‘Face Dances’ suena a banda que sabe lo que hace pero no sabe por qué lo hace. Hay oficio, hay calidad, hay momentos de genuina brillantez, pero falta la urgencia que hacía de cada disco anterior un acontecimiento.

El propio Townshend lo intuyó antes de que el disco llegara a las tiendas. En conversaciones de la época reconoció que ‘Face Dances’ no había seguido del todo la dirección que ‘Empty Glass’, su álbum en solitario de 1980, había marcado. Ese disco sí tenía algo: una crudeza nueva, una energía que bebía de los grupos jóvenes que Townshend seguía con atención genuina, The Clash, The Jam, The Specials, bandas a las que escuchaba en el coche a todo volumen. “Roger realmente quiere mi álbum”, dijo en aquella época. “Le gusta el sonido, la sensación. Ha afectado a todos, es un pozo del que beber”.

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Esa influencia cruzada entre el disco en solitario y el trabajo con la banda es una de las claves de este periodo. Townshend estaba intentando que The Who sonaran contemporáneos sin traicionarse, que Roger Daltrey adoptara una entrega más moderna sin perder su naturaleza. El mejor tema del disco, ‘You Better You Bet’, lleva toda esa tensión en su interior. Es una canción que funciona en la radio, que tiene melodía, que tiene gancho, y que al mismo tiempo contiene algo de la desorientación del narrador, ese autorretrato de alguien que no acaba de reconocerse en el espejo. Townshend nunca fue un escritor que ocultara sus contradicciones, y en 1980 y 1981 sus contradicciones eran especialmente ruidosas.

Porque mientras grababa ‘Face Dances’, Townshend también estaba dándole vueltas a preguntas fundamentales sobre el sentido de continuar. En una entrevista con Charles Shaar Murray para el New Musical Express en abril de 1980, fue brutalmente honesto: “¿Llevaríamos haciendo un favor a la música si simplemente lo dejábamos?” No era retórica. Era una pregunta real que la banda se había sentado a responder en serio. “Éramos la única banda que se reunía alrededor de una mesa para decidir si seguir adelante o no”.

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Decidieron seguir. Pero seguir tenía un precio. Townshend sabía que sus oídos estaban pagando el coste de décadas de volumen extremo, que la gira era cada vez más un ejercicio mecánico, que el ritual se había apoderado de la música. “Al final de un show de dos horas, los láseres eran muy útiles, porque podías quedarte quieto y dejar que ellos hicieran el trabajo”, admitió con una mezcla de humor y amargura. “O si tenía problemas tocando un solo decente, podía girar el brazo un par de veces y tenía más o menos el mismo efecto”.

‘Face Dances’ quedó como testimonio de un momento de transición honesta, sin artificios ni nostalgia impostada. Un disco que merece ser revisitado con la atención que no siempre recibió en su momento. Si quieres profundizar en esta etapa convulsa y fascinante de The Who, en la historia que hay detrás de cada decisión, cada canción y cada contradicción de Pete Townshend, la encontrarás desarrollada en profundidad en la revista This Is Rock. Porque hay historias que no caben en una pantalla.


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