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Lograron que el death metal volviera a un punto de origen: el terror gigante de una pantalla de cine. No por su breve e inolvidable aparición en la comedia ‘Ace Ventura’, está claro, sino por una música cuyo estruendo es el de un portazo en los oídos para dejarnos encerrados con nuestras peores pesadillas.

En 1994, hubo dos terremotos en los cines: “Pulp Fiction” y “Ace Ventura”. Cine negro vacilón y pasado de rosca, y una comedia muy alocada y como de plastilina. En un caso, Dick Dale y Urge Overkill marcaban tendencia y expurgaban viejos sonidos; en el otro, Cannibal Corpse eran como un monstruo de las galletas afelpado con las melenas de cinco tipos, mientras el títere Jim Carrey se partía el esqueleto con sus gesticulaciones imposibles. Ha pasado el tiempo, y ahora Quentin Tarantino, tras varios altibajos, ofrece productos fiables cada tanto. Frente a eso, Jim Carrey, que como comediante ya tenía su toque perturbador, se ha convertido en un cuasi-paria. De esos que tienen que reírse de sí mismos y sus desgracias para que les perdonemos la vida cada vez que se suben a un escenario.

La denunciada insensibilidad de Carrey ante la depresión suicida de una exnovia, Cathriona White, tal vez lo convierta en culpable de algo o en psicópata. Lo que está más claro es que el giro que ha tomado su figura pública nos lleva a un punto de origen, al centro de la Tierra o a un sótano cualquiera: la educación ochentera a golpe de slasher, de asesinos en serie, que tanta influencia tuvo en una generación, y tan presente en esa banda de acompañamiento del detective Ace Ventura llamada Cannibal Corpse. Esos asesinos de las películas cosechaban víctimas, y si eran fríos lo eran tanto como los cadáveres que dejaban. Había una identificación final, o un mensaje social. Muchos de esos asesinos habían sido aislados, vejados o considerados ridículos (“El Día De Los Inocentes”, “Siete Mujeres Atrapadas”, “Massacre At Central High”, “El Tren Del Terror”), y buscaban comunicarse con el lenguaje que mejor habían aprendido. Otros liquidadores eran más como pesadillas propias hechas carne (“Madman”, “Examen final”, “Don’t Go In The Woods”), sombras anónimas y repentinas hechas con las medidas de nuestras tumbas.

Ahora tal vez unos focos radiactivos de sensacionalismo han dejado a Jim Carrey hecho un Freddy Krueger. Como en una “La Máscara 3”, en la que dos comediantes (Carrey, Freddy) se fusionan en el recuerdo de unas películas a su modo perversamente divertidas.

Cannibal Corpse, desde Buffalo, lograron llevar el death metal hasta un nivel de notoriedad que supuso la máxima cota comercial del género. Y expusieron así los rasgos de un estilo musical extremo al escrutinio del público general. ¿Y cómo reaccionó la gente entonces? En líneas generales, con risitas nerviosas que pedían triturar palomitas, sin poder reconocerle bien el valor a esa música.

¿Qué voz pondría Jim Carrey si volviera a subirse ahora a un escenario con Cannibal Corpse? Imposible saberlo, tal vez hasta le vendría bien. Sí sabemos que el grupo seguiría a la altura de las mayores angustias de cualquiera.
Por Ezequiel (seguir leyendo en el nuevo número de This Is Metal)

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