Nick Drake Luna de Sangre Oscura This Is Rock Revista Especializada - Classic Rock, Hard Rock, Heavy Metal, Prog Rock, Blues Rock

Se abonó por anticipado a la máxima de Young, “Mejor apagarse de una vez que consumirse poco a poco”, y lo enterraron en como alguien cuya hoguera se había apagado. Tras su recuperación popular en el internauta siglo XXI, se trata hoy de una de las figuras más admiradas de la época que lo ignoró. Y, de forma muy intensa, esa música suena hoy actual, casi en directo, algo paradójico para alguien que paró de actuar ya en 1969.

Nick Drake se abonó por anticipado a la máxima de Young “Mejor apagarse de una vez que consumirse poco a poco”, con su parte de accidente (las pastillas que tenía recetadas), y lo enterraron en su pueblo en noviembre de 1974 a los 26 años, como alguien que apenas había dado fruto, cuya hoguera se había apagado. Tras su recuperación popular en el internauta siglo XXI, se trata hoy de una de las figuras más admiradas de la época que lo ignoró, el Reino Unido en plena ebullición de color y ruido entre los sesenta y los setenta. Nick Drake grabó casi todas sus pistas de sus tres discos en directo, guitarra y voz en una sola toma. Y, de forma muy intensa, esa música suena hoy actual, casi en directo, algo paradójico para alguien que paró de actuar ya en 1969.

Una de las fotos más conocidas (con la cámara de Keith Morris, con el que tenía confianza) de Drake lo presenta en blanco y negro en un parque a finales de 1971: de espaldas, desgarbado, con los hombros hundidos, y un perro, un chucho, enredado entre sus piernas casi. ‘Black Eyed Dog’ es una de las canciones finales que grabó, a comienzos de aquel 1974 definitivo, sobre el perro del infierno que tantos bluesmen han encontrado en otras tantas encrucijadas. Otros perros huidos o expulsados esos músicos, de sus casas o de donde fuera, a veces completamente desorientados. Nick Drake a esas alturas estaba ya para pocos trotes polvorientos. La canción estremece hoy, con esos dedos virtuosos que no esconden la sombra del agarrotamiento, de una garra que no sabemos ya si es la del músico. El arranque de la lacónica letra sigue escociendo: “El perro de ojos negros llamó a mi puerta / El perro de ojos negros quería más / El perro de ojos negros sabía mi nombre”.

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