‘At Fillmore East’, protagonista de la revista This Is Rock, define la era dorada del rock sureño y la magia irrepetible de la improvisación sobre un escenario
Si el equilibrio de fuerzas existe en nuestro mundo, no solo en el plano físico sino también en las esferas emocional y espiritual, tarde o temprano el destino pasa factura a quien consigue atrapar al pájaro azul de la fortuna. Para The Allman Brothers Band, 1971 fue el año de esa prueba de fuego definitiva: el momento en que saborearon las mieles del éxito absoluto justo antes de verse sacudidos por una pérdida devastadora.
A las puertas de marzo de 1971, el grupo arrastraba dos álbumes de estudio excelentes pero un fracaso comercial incontestable a sus espaldas. Phil Walden, presidente de Capricorn Records, empezaba a hacer números y sopesaba rescindir el contrato para minimizar las pérdidas de la discográfica.
El propio Gregg Allman recordaba aquellos días con cierta amargura: “Cuando nuestro primer disco asomó una semana en el puesto 200 de Billboard y luego se hundió como un ancla, mi hermano y yo no perdimos la esperanza. Pero yo sentía que ‘Idlewild South’ era mucho mejor, y cuando también fracasó, pensé: ‘Mierda, tal vez nos hemos equivocado con nuestro grupo’”.
Sin embargo, tanto Walden como los seis miembros de la banda sabían que poseían un as bajo la manga, un terreno donde nadie podía toserles: el directo.
Los entusiastas de la música apreciaban esa inusual aleación de blues, jazz, rock y country que facturaba el combo de Florida, sumada a una entrega salvaje sobre las tablas; eran capaces de tocar hasta extenuar al último espectador o hasta que el promotor de turno cortara la corriente eléctrica. El grupo devoraba millas de ciudad en ciudad, de estado en estado, aceptando cualquier escenario disponible. No existía una logística clara en aquel itinerario; llamarlo gira era casi un eufemismo. Si había una llamada, cargaban los amplificadores y tocaban.
Las dos primeras semanas de septiembre de 1971 ilustran a la perfección la demencia de aquellos días en la carretera. El 3 de septiembre actuaron en Montreal, y la noche siguiente se presentaron en Miami, a unas 1.600 millas de distancia. Tras aquello, cinco días de descanso que aprovecharon para encerrarse en los Criteria Studios de Miami junto al productor Tom Dowd para registrar las primeras tomas de lo que sería su siguiente obra, ‘Eat A Peach’. El 10 de septiembre ofrecieron un concierto en Passaic, Nueva Jersey; a la noche siguiente en Clemson, Carolina del Sur (700 millas), y un día después en Shippensburg, Pensilvania (1.100 millas). Tres jornadas de tregua y vuelta a empezar el 16 de septiembre en Nueva Orleans (900 millas).
El mánager de gira, Willie Perkins, lo resumía con crudeza: “No me preguntes cómo lo hicimos, porque no lo sé. Mi propia ingenuidad me ayudó, simplemente hacíamos lo que nos pedían y tocábamos donde estaba programado. Llamábamos a aquellos viajes ‘las giras de la diana’, porque parecía que alguien reservaba las fechas lanzando dardos contra un mapa. Cruzábamos el país en zigzag”.
Aquel deambular frenético se costeaba gracias a una base de adeptos que crecía de forma exponencial gracias al infalible método del boca a boca. El directo era su religión.
“Nos dimos cuenta de que éramos mucho mejor grupo en directo que en el estudio porque siempre estábamos dispuestos a experimentar”, explicaba Gregg Allman. “El público era una parte fundamental de lo que hacíamos, algo imposible de replicar entre cuatro paredes de aislamiento. Al final entendimos que la única manera de capturar la verdadera esencia del grupo era grabar un álbum en vivo”.
La elección del templo para la grabación no requirió demasiadas vueltas de hoja. Bill Graham, el legendario propietario de las salas Fillmore, había sido uno de los mecenas más tempranos y cruciales para la banda, abriéndoles las puertas de sus locales tanto en Nueva York como en San Francisco.
The Allman Brothers Band debutó en el Fillmore East el 26 de diciembre de 1969, abriendo tres noches para Blood, Sweat & Tears. Graham quedó tan impresionado que prometió volver a contar con ellos pronto, ubicándolos en carteles con mayor afinidad estilística. Dos semanas después, abrían cuatro conciertos para Buddy Guy y B.B. King en el Fillmore West. Al mes siguiente, regresaron a Nueva York para compartir tres veladas memorables junto a Grateful Dead. Aquellas citas resultaron decisivas para moldear el sonido del grupo y presentarlo ante una audiencia mucho más amplia y receptiva.
Décadas después, los supervivientes de aquellas batallas musicales seguían recordando a Graham con un respeto reverencial. Dickey Betts afirmaba: “Fue el mejor promotor de la historia del rock, su influencia se notaba en cada pequeño detalle del Fillmore”
Por su parte, Gregg Allman añadía: “El señor Graham era un hombre duro, el tipo más directo que he conocido, y al principio eso asustaba. Decía las cosas por su nombre y sus opiniones no siempre eran halagadoras, pero era el tipo más justo del negocio. Cuando le conocías mejor, te dabas cuenta de que, a diferencia de la mayoría de promotores, él era fiel a su visión artística”
Para las históricas jornadas de marzo (días 11, 12 y 13), Graham les reservó tres noches, aunque todavía no gozaban del estatus de cabezas de cartel; figuraban en la mitad de la tarta, justo después de Elvin Bishop y antes del gran reclamo de la noche, Johnny Winter.
Para inmortalizar las sesiones, se desplazó hasta las inmediaciones de la sala una unidad móvil de grabación equipada con un magnetófono de 16 pistas. A los mandos se situó el infatigable Tom Dowd, quien ya conocía los entresijos sonoros de la banda tras su trabajo en el estudio.
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